Reflexiones sobre el progreso
Progreso: historia de la peor idea de la humanidad es un libro escrito por Samuel Miller McDonald y que me ha abierto los ojos a nuevas fronteras que ni si quiera imaginaba, lo cual es irónico dado el contenido del libro.
Miller hace un repaso de la idea del progreso entendido como la mejora de la condición humana a través del tiempo. Esta idea suele conllevar la destrucción del medio ambiente, la proletarización de la mayoría de la población en servicio de una minoría, y una actitud de la sociedad entera como parasitaria hacia sí misma y la Naturaleza, buscando crecer sin importar el coste o los límites físicos, como un virus.
La conquista, el avance tecnológico para extraer más recursos, la glorificación de la violencia y la miseria, son solo algunos de los aspectos del progreso. Es una idea que resuena a lo largo del tiempo, evolucionando y siendo reinterpretada por las sucesivas civilizaciones e imperios. Miller explora sus inicios en Mesopotamia hace 4000 años, con el mito de Gilgamesh que mata al espíritu del bosque y lo usa para construir su imperio, en un claro paralelismo a la actitud de la época hacia la Naturaleza; pasando por la Edad Media y la expansión belicosa del cristianismo y los reinos que luego dominarían el continente y pasarían a ser imperios multicontinentales en la Edad Moderna; hasta la Edad Contemporánea con relatos como la expansión hacia el Oeste de los Estados Unidos, y la expansión dentro de nuestras mentes usando la IA.
Miller señala como la idea del progreso promete siempre un futuro mejor: hay que sufrir hoy para tener un buen mañana, trabaja toda la vida para jubilarte con una buena pensión/para ascender al Cielo/etc... El autor es muy preciso en cómo retrata a esta idea y cómo vertebra profundamente el pensamiento humano.
Sin embargo, no se centra en los seres humanos. De hecho, diría que el libro solo habla de los humanos por necesidad. Constantemente nos recuerda los estragos que todo este progreso, este bienestar, tiene en la ecología global. La cantidad de sufrimiento y puro desprecio que sufren las plantas y animales queda muy clara, pero el libro no se queda solo en un ecologismo de llorar por los cerdos en el matadero. Utilizando términos ecológicos, describe dos tipos de sociedades que han existido a lo largo de la existencia humana, que no son dos compartimentos estancos, blanco y negro, sino que, como explica Miller, existen en un espectro, en una escala de grises.
Las sociedades comensalistas o mutualistas, que han existido por la mayoría de los 300 000 años de los humanos en la Tierra, tienen una relación o bien neutra o positiva para con el medio ambiente local. Extraen recursos, sí, pero lo hacen de forma medida de tal manera que se puedan regenarar y no provocar el colapso ambiental. Lejos de ser algo automático o inherente, algo que pasa por suerte o por instinto, las sociedades comensalistas emplean un complejo sistema social para contrarrestar y evitar que los individuos o grupos familiares se hagan con demasiado poder social o material, como la burla o el juicio social, el exilio, o, en casos extremos, el asesinato.
Estas sociedades, parece ser en gran medida, eran (y, las pocas que quedan, son) cazadores-recolectores nómadas, que iban moviéndose por el territorio según las estaciones y la disponibilidad de alimento. Debido a ese gran rechazo hacia la acumulación de poder, eran profundamente democráticas, donde todos los miembros, mujeres, hombres y otros géneros, tenían igual poder de decisión, y actuaban directamente en el proceso de decisión. Es algo que hasta las sociedades occidentales, que nos jactamos de ser las más democráticas, estamos a muchísimo de alcanzar, con nuestros representantes que nunca conoceremos y con propuestas que se diluyen en un mal llamado consenso, mejor llamado mediocridad política.
Por otro lado, están las sociedades parasitarias, es decir, ahora. Este "ahora" es joven, solo tiene 4000 años, y en tan poco tiempo los tentáculos del parasitismo han logrado extender sus tentáculos sobre todo el globo, retorciéndose mientras estrangulan la vida en la Tierra para alimentarse de ella y crecer como un cáncer.
El propio Miller señala que la caja de Pandora está abierta, el fuego robado y entregado, ya no hay vuelta atrás y que desear volver a un pasado ancestral e idílico es inútil. Los cambios que el antropoceno conllevan están en marcha ya y no pueden pararse, pero sí mitigarse. En vez de sentarse en el suelo de brazos cruzados y afirmar testarudamente que no hay nada que hacer, o caer en la trampa del progreso, ahora con careta de izquierdas, y decir que hay que tener esperanza porque el futuro será mejor (mágicamente), Miller afirma con mente fría que el futuro no existe, y debemos tratar de mejorar el ahora. El futuro de ayer es hoy. Decir que todo irá a mejor es un acto de fe infundado, Miller apuesta por la rabia bien dirigida como combustible para la resistencia.
Muy sabiamente señala que esta resistencia siempre ha existido por parte de las comunidades indígenas, los pueblos existentes antes de las colonias y de la expansión de Occidente (y otros) por el mundo. Porque son ellos los que guardan una de las claves para abandonar la dañina idea del progreso: el animismo.
El animismo ve personas no solo en los humanos, considera iguales a todo el ambiente que rodea, es más, no existe esa dualidad humano-no humano. Existe un todo, los animales y plantas y algas y rocas y ríos y valles son hermanes.
Yo mismo confieso que siempre he sido espiritual de alguna manera u otra. Sospecho que no soy el único. Creo que la generación Z es la más ateísta, y sin embargo quizás también la más espiritual. La búsqueda de sentido es, en mi opinión, natural, y los movimientos de izquierdas hasta ahora han sentido en el mejor de los casos apatía o ignorancia por la espiritualidad, o la han condenado como "anticuada", o alguna variación de ello. Intuyo, según su razonamiento, que es mejor una sociedad completamente no espiritual, que no siente conexión con nada, no hay vínculos que valgan la pena fuera de la esfera humana.
Miller no aboga por copiar tradiciones indígenas y ya, hacer un refrito de lo ya existente estilo New Age. Quiere crear, que creemos, nuevas formas de entender nuestra existencia y la conexión inherente con todos los seres y no seres de la Tierra. Es algo que alcanza muy profundo en lo sistemático y social y en lo personal, y él mismo confiesa que tuvo problemas y crisis identitarias.
Aquí es donde me gustaría complementar esta lectura con el concepto del ateopaganismo. El ateopaganismo es un movimiento espiritual por primera vez descrito por Mark A. Green en sus libros. Confieso que no los he leído todavía, pero sí la web que lleva él. No he ahondado totalmente, pero por lo que he entendido, parece que esto es quizás a lo que se refiere Miller, sin saberlo. Una creencia exclusiva en los fenómenos observables, lo que incluye la Naturaleza, que se enfoca en el placer, el bienestar, y el rito basado en fenómenos naturales y simbología extraída de lo regional. Obviamente, está en su muy temprana infancia, pero creo que es algo que tiene mucho potencial.
Especulando completamente, es posible que en los años venideros el ateopaganismo crezca como la respuesta que la gente necesita a la búsqueda de sentido sin basarse en creencias extraordinarias que lleven la atención fuera del ahora y de lo existente físicamente.